El Giro de Italia 1991: una lucha cerca del cielo (Parte 1)

Entre los favoritos en la salida del Giro de Italia de 1991, en la pintoresca localidad de Orbia, en el norte de la isla de Cerdeña, destacaba, sobre todos, un nombre: Gianni Bugno.

El elegante ciclista italiano, inédito aún aquella temporada, venía de arrasar el año anterior, vistiendo el rosa de principio a fin de la carrera, ganando tres etapas y disfrutando de un cómodo margen de más de seis minutos de diferencia sobre el segundo en la clasificación general final de la carrera.

El resto de los favoritos afrontaba la «corsa rosa» con la mirada puesta en el Tour de Francia. Pedro Delgado, Laurent Fignon y Greg Lemond, todos ellos entre los mejores en el caluroso mes de julio del año anterior, se presentaban en la salida con la intención de rodar de cara a «su» prueba más importante del año sin importarles el tan denostado «doblete» que, actualmente, la gran mayoría de profesionales evita.

Además de Gianni Bugno los «tiffosi» confiaban en Claudio Chiapucci, mucho más «caliente» y espectacular que el futuro Campeón del Mundo.

El ciclista del equipo Carrera había sufrido una transformación enorme tras su podium en el Tour de 1990 (cimentado, principalmente, en una escapada de las llamadas «bidón» en los primeros días de carrera y en su capacidad de sufrimiento ante los ataques de todos los favoritos durante las etapas de montaña) y en la temporada de 1991 ya había levantado los brazos en la Milán-San Remo, en la Vuelta al País Vasco y en la Setmana Catalana.

De los nombres de Marino Lejarreta (34 años) o Franco Chioccioli (31 años) sólo se acordaban aquellos que buscaban una alternativa a los grandes favoritos o que confiaban en que los dos veteranos escaladores ofrecieran espectáculo cuando la carretera se pusiera cuesta arriba.

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Por eso, el 10 de junio de 1991, el hecho de que en víspera de la primera etapa dolomítica de aquella edición del Giro, el italiano Franco Chioccioli, «Coppino», como le llamaban sus compatriotas, ocupara el primer lugar de la Clasificación General y Marino Lejarreta, a quien los «tiffosi» llamaban «Il nonno incombustibile», ocupara la segunda, a escasos 26 segundos del líder, no dejaba de ser una gran sorpresa.

Marino, quien nunca ocultó su amor por el Giro de Italia, venía de hacer tercero en la Vuelta a España, tras Melcior Mauri y Miguel Induráin y, aquel año, de la mano de Manolo Saiz y un entregado ONCE-Mavic a su disposición, tenía la última oportunidad de subir a lo más alto del p0dium en la «corsa rosa». A pesar de su veteranía, sus compañeros eran conscientes de que Marino se encontraba en un estado de forma espléndido y el equipo era una «piña» al lado de su líder. El australiano Stephen Hodge reconocía que nunca había visto tan fuerte a Lejarreta; Miguel Ángel Martínez aseguraba que Marino «estaba a tope»; y Pedro Díaz Zabala destacaba que veía a su compañero muy centrado. Nadie dudaba, a esas alturas, de que Marino Lejarreta se había convertido en favorito para ganar el Giro de Italia.

Pero el líder de la carrera no era el ciclista de Bérriz. A excepción de una etapa mediada la carrera, desde el segundo día de aquel Giro de Italia, una pequeña contrarreloj de cerca de 7 kilómetros en Sassari, en la Costa Esmeralda, el portador de la maglia rosa era un ciclista desgarbado, fino, un escalador de los de toda la vida, un experto corredor que había debutado en el Giro de Italia en 1982 y que había ocupado varias veces un puesto entre los diez primeros y ganado un puñado de etapas, Franco Chioccioli.

Chiccioli vestía los colores amarillos eternos del equipo Del Tongo, aquellos que encumbraron, en su día, a Giuseppe Saronni como uno de los mejores ciclistas italianos del los 80 y que desaparecerían al final de aquella de temporada para dar paso al no menos recordado GB-Maglificio. Del Tongo no era, en aquel momento, la estructura imbatible que había sido a mediados de los 80. Contaba con un par de ciclistas de calidad (el polaco Zenon Jaskula, por ejemplo o un jovencísimo Mario Cipollini) pero no era muy superior a otras escuadras italianas de la época como Ariostea (que tenía a Massimiliano Lelli), Gatorade (que contaba con Bugno o Giovanneti) o Carrera (con Chiapucci y el ucranio Poulnikov).

Todos daban por hecho que Chioccioli sufriría en los Dolomitas para defender su primer puesto en la Clasificación General. Se equivocaban…

En 1991, en mi casa, no había señal de televisión en directo del Giro de Italia. ETB emitía la carrera, eso es verdad. Pero en el resto de España nuestro Miguel Indurain no había dado el salto, aún, a la «corsa rosa» y Tele 5 no había irrumpido en nuestras vidas con aquellas peculiares retransmisiones ciclistas llenas de tópicos y cortes publicitarios. En 1991 sólo tenía un transistor y las narraciones, en directo, de los finales de etapa, a cargo de la añorada Antena 3 de Radio, con Jose María García a los mandos y voces tan conocidas como la de Javier Ares en la narración. Ese es mi grato recuerdo de aquellas fantásticas etapas de los Dolomitas. Grato. Pero también doloroso. El recuerdo de una victoria que todos los amantes del ciclismo ansiábamos. Una victoria que Marino Lejarreta merecía pero que nunca llegó.

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