El Giro de Italia de 1991: una lucha cerca del cielo (Parte 2)

Aquel 10 de junio de 1991 se afrontaría la etapa 15ª del Giro de Italia, la que llevaría a los corredores desde Morbegno a Aprica, en la región de Lombardía, al pie de los Alpes Dolomitas. Una jornada corta, de 135 kilómetros, pero en el que los ciclistas habían de superar el primer gran coloso de aquella durísima última semana, el Mortirolo.

Para muchos era el día de Marino. Algunos veían al líder, Chioccioli, cansado, agotado, demacrado. Su físico tampoco ayudaba a saber claramente lo que «Coppino» estaba sufriendo a esas alturas de la carrera. Y su equipo tampoco despertaba demasiada confianza. A excepción de un jovencísimo Zenon Jaskula el resto de los compañeros del líder apenas aparecían cuando de escalar hacia el cielo de las grandes cumbres se trataba. Obviando algunas ayudas de, casualmente, otros equipos italianos nadie dudaba de que el equipo ONCE-Mavic, el equipo de Marino, estaba en disposición de comprometer a la maglia rosa camino de Aprica. Manolo Saiz, su director, no era, además, de aquellos directores pusilánimes que se conformaban con figurar. Ya se había ocupado en las jornadas previas a Aprica de presionar a su líder, de exigir de Marino Lejarreta lo que, siempre, durante su carrera deportiva exigió a sus ciclistas: ganar. Había afirmado abiertamente que la carrera era cosa de dos. Era cosa de Marino Lejarreta y Franco Chioccioli menospreciando, por otro lado, las posibilidades, que el propio Lejarreta reconocía, de otros ciclistas como Chiapucci, Bugno e, incluso, Massimiliano Lelli.

Para destronar a la maglia rosa, como requería Manolo Saiz, había que superar, en primera instancia, el Mortirolo. 1.852 metros de altitud, 1.300 metros de desnivel con una pendiente media de 10.5% y un 17% de pendiente máxima. Un muro.

Los favoritos llegaron al pie del coloso todos juntos. Apenas diecinueve segundos de ventaja para una fuga condenada a morir en las largas rectas de un puerto que, desde el principio, no da descanso, que masacra el pelotón, que asfixia las piernas de los ciclistas con sus porcentajes imposibles. Ese es el Mortirolo. Un puerto único, inolvidable.

Franco Chioccioli no necesitó atacar. A pesar del cansancio acumulado y de que sus máximos rivales confiaban en que algún día el de Castelfranco di Sopra fallara esa no iba a ser la ocasión. Arrancaba la ascensión sin mirar atrás, sin preocuparse de sus rivales, sin dar tiempo a pensar en tácticas. Claudio Chiapucci y Massimiliano Lelli pensaron que su «tabla de naufrago» era soldarse a la rueda de «Coppino». A su lado, un venezolano, Leonardo Sierra, otro de los inagotables descubrimientos de Gianni Savio allá por las Américas y que ese mismo año había ganado el prestigioso Giro del Trentino. Marino, por detrás, aguantaba, a su ritmo, como podía, la durísima subida. El Mortirolo ha sido «el puerto más duro que había subido nunca» reconocía el de Bérriz al final de la etapa. Mediada la subida perdía 35 segundos con respecto a la maglia rosa.

Por delante, destrozados por el tremendo ritmo de Chioccioli habían cedido, primero, Leonardo Sierra y, minutos más tarde, Claudio Chiapucci y Massimiliano Lelli, que perdían 20 segundos con Chioccioli a poco menos de seis kilómetros de hacer cima. El líder ya estaba sólo. Ya no necesitaba a su equipo. Ya no necesitaba ayuda de ningún compatriota ni de ningún otro avispado director buscando réditos para futuras victorias de etapa. Ya no eran precisos pactos o alianzas.

Era él, el veterano Franco Chioccioli, queriendo demostrar al mundo que el Giro de Italia de 1988 podía haber sido suyo si su director, Pietro Algeri, no le hubiera obligado a quedarse a ayudar a Giuseppe Saronni, quien, en solitario, a casi 50 kilómetros de la meta de Aprica, buscaba matar la carrera. Ansiaba acabar con sus rivales, rematar su trabajo antes de que aflorase el agotamiento que sus veteranas piernas acumulaban después de dos semanas de dura pelea por defender su primer puesto en la Clasificación General.

Y lo hacía como, en su día, lo hizo Eddy Merckx camino de Mourenx. Superando colosos y vestido de líder. Sin mirar atrás. Así coronaba el Mortirlo, con más de un minuto sobre el grupo de favoritos. Un pequeño reducto de dignidad entre un pelotón destrozado por la subida.

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Chiapucci, Lelli, Bugno, Bernard, Jaskula, Gastón y Marino. Un grupo lo suficientemente fuerte como para recortar el tiempo que la «maglia rosa» había ganado en la durísima subida al Mortirolo en los más de 40 kilómetros que, desde allí, restaban hasta llegar a Aprica. Eso contando con que se alcanzara entre ellos un entente, un acuerdo, un pacto que nunca se firmaría. El joven Lelli tenía bastante con estar allí, a la altura de los más grandes del Giro. Chiapucci y Bugno, los dos más grandes ciclistas italianos de la época se miraban el uno al otro, desconcertados. Derrotados. Cansados. Sólo Marino Lejarreta mostraba empeño por reducir a Chioccioli. Pero no era suficiente.

Al pie del Valico de Santa Cristinta, el mismo «pequeño» puerto que enterró las esperanzas de Miguel Indurain de derrotar a Berzin en el Giro de 1994, Franco Chioccioli tenía más de dos minutos de ventaja sobre un grupo que, a pesar de contar, a esas alturas, con un gregario de Bugno como Marco Giovanneti, no parecia en condiciones de reaccionar.

Marino Lejarreta aumentaba el ritmo camino de la cima de Santa Cristina. Llevaba dos semanas soñando con un Giro que había perseguido durante toda su carrera profesional y no era el momento de dudar. En ese momento ya daba igual que Bugno se limitara a ir a su rueda y que Chiapucci, sólo tímidamente, pasara al relevo. Massimiliano Lelli y Leonardo Sierra se moverían durante la subida. Tampoco ese era problema. El ritmo del de Bérriz era lo suficientemente fuerte para neutralizar cuantos movimientos se produjeran en el grupo de cabeza. El problema se encontraba casi dos minutos más adelante.

Una buena noticia para nuestro genio. El líder de la carrera empezaba a notar el cansancio. Una grata circunstancia, un «clavo ardiendo» al que Manolo Saiz se agarraba al final de la etapa, entrevistado en la meta de Aprica. La maglia rosa había notado, por fin, el esfuerzo y su renta, ni mucho menos, iba a ser definitiva al final.

Los casi dos minutos que Franco Chioccioli llevaba en las faldas del Valico de Santa Cristina eran poco más de un minuto en su cima y, finalmente, 48 segundos tras la tendida subida que llevaba a los corredores hasta la meta. Jean Francois Bernard, francés que, teniendo en cuenta los problemas físicos que Pedro Delgado estaba padeciendo durante toda la carrera (ese día llegó a más de siete minutos del ganador de la etapa), estaba dando la cara por Banesto fue segundo, tras haber atacado en el descenso de Santa Cristina junto a Eric Boyer. Leonardo Sierra y Claudio Chiapucci también obtuvieron un par de segundos de ventaja sobre Lejarreta y Gianni Bugno.

48 segundos. No era el final. Era significativo, obviamente. La ventaja de Chioccioli al comando de la Clasificación General era ya de 1´26 con respecto a Marino Lejarreta. Lo que había pasado en la etapa del Mortirolo no había sido decisivo. Pero sí importante. Como Manolo Saiz reconocía a los medios el golpe que «Coppino» le había dado a sus rivales camino de Aprica había sido, sobretodo, un golpe «moral», un puñetazo en la mesa de quien no quiere ser menospreciado por los medios y sus contrincantes. Franco Chioccioli estaba allí. Y estaba para quedarse.

Cabía albergar la esperanza, además, de que «Coppino» pagara el esfuerzo realizado al día siguiente, en la decimocuarta etapa del Giro de Italia, camino de Selva di val Gardena.

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