El Giro de Italia de 1991: una lucha cerca del cielo (Parte 3)

Originariamente estaba previsto pasar el Stelvio camino de Selva. El mítico paso italiano, cuya cima se ubica a 2.758 metros de altitud, cima «Coppi» de la carrera, no se subía en el Giro de Italia desde el año 1980, el primero de los de Hinault. Pero como tantas otras veces en Italia, en mayo o junio, la nieve que cubria los últimos kilómetros de la subida había obligado a la organización a pensar en una alternativa que, por otro lado, resultaba mucho más asequible para los corredores. Saliendo de Tirano habría de superarse el Passo di Tonale, de primera categoría, a 1.883 metros de altitud, para descender, luego, hasta Ponte Mostizzolo y subir el Passo di Palade, de segunda categoría. Desde su cima restaban casi 110 kilómetros, la mayoría llanos, hasta Selva di val Gardena. Los últimos 18 kilómetros y medio de tendida ascensión.

Marino era optimista. Selva di val Gardena no se le daba nada mal. Ya sabía lo que era alzar los brazos en esa llegada. Lo hizo en 1984 cuando, peleándole el Giro al mismísimo Francesco Moser, se impuso, en solitario, por delante de Laurent Fignon y de Moreno Argentin. Aquel día, el de Bérriz, enrabietado por la supresión de la subida al Stelvio en la jornada reina de aquella edición, atacaba de lejos consiguiendo una importante ventaja sobre todos sus rivales que, no obstante, no fue suficiente para subir al tercer escalón del podium terminada la carrera.

Pero las fuerzas no eran las mismas que en aquella edición de 1984 en la que Marino contaba con, apenas, 27 años de edad. Tras trece años en la élite, peleando en innumerables frentes, tras dos semanas de durísimo Giro y doscientos kilómetros de una etapa rapidísima, Lejarreta no tuvo, en ningún momento, la chispa suficiente para encender la llama.

Tampoco ayudó demasiado una errónea planificación. En teoría en ONCE-Mavic pensaban que la subida a Selva di val Gardena se hacía por la vertiente más tendida de las varias por las que se asciende a la segunda localidad más poblada del Bolzano. Cuando Marino se dio cuenta de las rampas que habían de superar para llegar a meta no había solución al entuerto. Los desarrollos que había montado en su bicicleta le obligaban a un esfuerzo extra para superar los exigentes porcentajes de la subida con lo que sus fuerzas, sin duda, llegaron mermadas a la parte final.

Fue Roberto Pagnin el que, de salida, acometía, en solitario, una aventura imposible abandonando la disciplina del pelotón. Sólo se habían cubierto nueve kilómetros de etapa.

No hubo más historia. La pelea de Iñaki Gastón por los puntos necesarios para asegurar el maillot de la montaña y la tensión entre los líderes por mantener las fuerzas intactas provocó que, no obstante el nerviosismo que existía en el paquete, nadie se moviera hasta la ascensión final.

Desde las primeras estribaciones de la ascensión se lanzó la carrera. La explosividad de la subida, que, sin duda, favorecía las condiciones de un escalador tan puro como Chioccioli, provocaron que fueran muchos los ciclistas que se lanzaran en busca de la gloria parcial o, como en el caso de Eduardo Chozas, de la ventaja táctica que supondría tener una referencia delante si se destaban las hostilidades. El madrileño, acompañado de Jean Francois Bernard quien, de nuevo, era el hombre más activo de Banesto, fue el primero en buscar unos segundos de ventaja sobre un pelotón que, rápidamente, se desintegraba. Ariostea, empeñado en las opciones que buscaba su lider, el maillot blanco de la carrera, Massimiliano Lelli, neutralizó el intento del español y el francés.

Manolo Saiz, inconformista siempre, trató de colocar sus peones por delante. «Prefiero acabar el veinticinco a no luchar por la carrera» confesaba Manolo a los medios en la línea de llegada. A bien que lo intentó ONCE-Mavic. Eduardo Chozas, siempre batallador, volvió a buscar unos metros de ventaja una vez neutralizado. Y su compañero, Santos Hernández, mantuvo el «gallinero» alborotado cuando, una vez más, Ariostea decidió poner fin a la aventura de Chozas.

Pero Giancarlo Ferreti tenía un plan aquel día. Lelli, en su segunda participación en el Giro de Italia, estaba siendo una de las sensaciones de la carrera. A pesar de que el equipo había ganado con Davide Cassani en Prato y Lelli ya había alzado los brazos en Monviso Ariostea no quería atravesar los Dolomitas sin conseguir otra victoria. Su entregado esfuerzo al mando del diezmado pelotón que, aún, aguantaba su ritmo (ya habían perdido contacto ciclistas como Zenon Jaskula o Pedro Delgado) se vio justificado con un furibundo ataque de su líder, pleno de atrevimiento y juventud, mediada la subida.

A rueda del joven toscano salieron los «capos». Chioccioli, Chiapucci, Bugno y Lejarreta. La maglia rosa, lider y gran dominador del Giro; el «Diablo», segundo en el Tour de 1990 y maglia «ciclamino»; el elegante Gianni Bugno, quinto en la Clasificación General y ganador del Giro de 1990 y el amarillo de Lejarreta, el ciclista de «Berriz». Era el momento de la verdad en aquella penúltima oportunidad de discutirle a «Coppino» su trono.

Y aunque Leonardo Sierra, el atrevido ciclista venezolano de Selle Italia, osó discutir la supremacia de los cinco «grandes» de aquel Giro con una arrancada justo en el momento en que alcanzaba al grupo de los favoritos, el ritmo impuesto, sobretodo, por la maglia rosa en el tramo final de la subida acalló cualquier rebelión frente a su privilegiado puesto. «Aquí nadie ataca al líder» reprochó Sierra en meta a los ciclistas que, al límite de su esfuerzo, seguían la rueda de Chioccioli en rampas que serpenteaban, a casi 2.000 metros de altura, la estación de esquí de Selva.

Quizá porque el más fuerte era Franco Chioccioli; quizá porque, como el propio líder reconocía, muchos tenían su mente en las rampas del Pordoi, en la etapa reina de aquel Giro de Italia, al día siguiente; quizá porque nadie era capaz de subir lo suficientemente rápido como para superar a la maglia rosa…quizá, por todo ello al mismo tiempo…solo Massimiliano Lelli, cuando apenas quedaban quinientos metros para la meta aceleró el ritmo. Gianni Bugno, rapidísimo en finales como aquel, salió a su rueda sin resuello suficiente para superarlo. Chiapucci, un ciclista que demostró ser muy rápido durante toda su carrera deportiva, apenas pudo seguir su estela.

Detrás, a una par de segundos, tras un último esfuerzo brutal, el líder era cuarto en meta. Marino, con síntomas evidentes de fatiga, apenas podía competir por la victoria en aquel exigente final y llegaba en quinto lugar.

«Quizá ni siquiera pueda competir por el segundo puesto» atajaba el siempre pesimista Marino Lejarreta en Selva di val Gardena. Con el rostro congestionado por el esfuerzo y gesto torcido por el dolor Marino no parecía, ya, convencido de sus posibilidades en aquel Giro. Lo había tenido tan cerca…Pero era justo reconocerlo. Franco Chioccioli había marcado diferencias cuando había querido hacerlo. Y se había defendido. Gianni Bugno apenas había gastado y parecía una amenaza tan viva como la del joven Massimiliano Lelli o el experimentado Claudio Chiapucci de cara al Pordoi. «Primero tengo que ver si yo me veo bien. Y luego si veo bien al lider» condicionaba Marino. «Y entonces, puede que lo intente».

Nunca había estado tan cerca de ganar el Giro. Nadie dudaba, a pesar sus siempre prudentes palabras, de que Marino Lejarreta lo seguiría intentando. Moriría «con las botas puestas».

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