El Giro de Italia de 1991: una lucha cerca del cielo (Parte 4)

12 de junio de 1991. Un día ideal para la práctica del ciclismo. Ni rastro de las tormentas de nieve y hielo que los ciclistas se habían encontrado en las ediciones de 1988 o 1989. Esta vez no había razón para quejarse de la climatología. Un día ideal para afrontar la etapa reina del Giro de Italia. Con sorpresa matutina en el menú. Los organizadores decidieron, casi sobre la marcha, anular la subida al durísimo puerto de San Peregrino pues había riesgo de desprendimiento. Bueno, pues nada. Como Benito Urraburru reconocía en la edición del día siguiente del Diario Vasco, en esta zona hay subidas para dar y tomar, «para estar bajando y subiendo todo el día». El espectáculo tenía que continuar. No había razón para no hacer de aquel día un verdadero infierno. Y quizá por eso se optó por introducir, entre las dos subidas que habían de hacerse al Pordoi, el Passo Fedaia. Sí, la Marmolada. 30 kilómetros menos de etapa y la ascensión a uno de los puertos más bonitos (y duros) de toda Italia. La Marmolada. Difícilmente Marino Lejarreta podrá olvidar ese nombre.

Porque cuando la televisión conectó con la carrera, enfocando las largas rectas del Passo Fedaia, no se veía a Marino. Y se veía a Giovannetti, que en ese momento comandaba el «órdago» que el equipo de Gianni Bugno había lanzado a la carrera. Y se veía a la maglia rosa, en solitario, tras el de Gatorade. Y se veía a Claudio Chiapucci, a Massimiliano Lelli, a Leonardo Sierra y a Roberto Conti. Pero ni rastro de Marino. Ni rastro de español alguno.

Cerca de media hora tardó la televisión italiana en ofrecer imágenes del de Bérriz que, hasta ese momento, seguía siendo segundo en la Clasificación General. Y lo hizo mostrando a un hombre roto, con el rostro desencajado, balanceándose pesadamente sobre la bicicleta. Y lo hizo cuando ya perdía varios minutos sobre aquellos elegidos que, al final, competirían en el Pordoi por la victoria en el Giro. Lo hizo cuando ONCE-Mavic, de salida, ya se había jugado el todo por el todo, cuando Manolo Saiz había decidido arriesgar todas sus cartas a una mano para ganar la carrera con Marino. Cuando todo había salido, ya, mal. Porque Marino acabó pagando todos los esfuerzos realizados en los desproporcionados porcentajes de Fedaia. Simplemente, Marino Lejarreta no pudo más.

Las hostilidades se desataron de salida. En la subida a Nigra Dominique Arnaud, el hombre de «Perico» en Banesto, fue el primero en atacar. Iñaki Gastón, muy activo durante la primera parte de la etapa, trató de moverse durante la ascensión pero el ritmo, fuerte, que imponía, ya en ese momento, Gatorade, provocó que la ventaja de Arnaud no aumentara y que nadie, en el pelotón, tuviera margen suficiente para lanzarse a una aventura fratricida. Como había previsto Marino el día anterior, Gianni Bugno no quería desaprovechar su penúltima oportunidad de ganar el Giro de Italia.

Mediada la etapa comenzaba el ascenso al Pordoi que, suprimido el Stelvio, se convertía en la «Cima Coppi» de la carrera, el techo del Giro. Nadie esperaba que los líderes se movieran desde tan lejos. Pero lo hicieron importantes peones. Roberto Gusmeroli y Giorgio Furlan, piezas claves del «fondo de armario» de Gatorade y Ariostea arrancaban en las primeras estribaciones del puerto acompañados del sólido Franco Vona. Marco Giovanneti, la mano derecha de Bugno, lo hacía mediada la ascensión. No había tregua. Era el momento de jugarse el Giro.

Coronado Pordoi la situación era ideal para comprometer a Chioccioli. Giovannetti contactaba con Furlan y Vona. Dos de los hombres más fuertes de los equipos que debían hacer sufrir al líder mantenían una mínima ventaja con respecto al grupo de los mejores en el que, hasta ese momento, seguía figurando Marino Lejarreta. Pero Gatorade y Ariostea, a pesar de haber buscado el protagonismo, no acabarían escribiendo el guión. Franco Chiocciolí sí lo haría.

En las primeras rampas del Passo Fedaia «Coppino» abandonaba la compañía del resto de los favoritos.

El pelotón «volaba por los aires» al ritmo de la maglia rosa. Roberto Conti defendía, orgulloso, el papel que en ese guión se reservaba a los extras. Chiapucci y Lelli, a su rueda, asumían, resignados, el rol de actores secundarios. Gianni Bugno, el elegido para dinamitar la carrera en el Pordoi, perdía contacto y, con ello, todas sus opciones de repetir victoria. Y Marino Lejarreta, finalmente, se dejaba su última opción de ganar el Giro en las eternas rectas de La Marmolada. Sólo había un protagonista. La estrella absoluta del Giro de 1991. Franco Chioccioli.

Aunque fue Marco Giovanneti el que, cara a la efeméride, coronó, en primer lugar y por delante de Chioccioli, el Passo Fedaia, su destino estaba escrito desde el momento en que, en el descenso, se juntaron en la persecución Conti, Chiapucci, Lelli y Chioccioli. Bugno, junto con Sierra y Eric Boyer, circulaba a casi dos minutos. Marino, acompañado de Gastón, Etxabe y Vladimir Pulnikov, a casi cuatro.

Chioccioli sabía que Chiapucci y Lelli podían comprometerle en los doce kilómetros finales de ascensión al Pordoi. Y, como hiciera días atrás camino de Aprica, arrancó, soltó a sus rivales y, en solitario, volando, ascendió camino de imitar a Coppi. Superó a Marco Giovanneti cuando apenas restaban cuatro kilómetros para la meta y, finalmente, alzó los brazos al cielo. Otra exhibición de un triunfador incontestable. Aquel mes de junio nadie podía competir con Franco Chioccioli.

Tras una cruenta batalla y una dantesca sucesión de rostros desencajados y muecas de sobrehumano esfuerzo, el maltrecho cuerpo de heroes caídos, uno a uno, iba alcanzando los 2.239 metros que el Pordoi está más cerca del cielo.

No alcanzo a tener un recuerdo claro de aquel día. Tumbado, seguramente, en el diván de la sala de estar, imaginando cómo pintarían las nevadas cimas de los Dolomitas en pleno de mes de junio, siempre albergué la esperanza de que aquel sueño terminara bien para Marino. Con toda seguridad derramé alguna lágrima por el que, durante varios días, fue la esperanza de mis sobremesas ciclistas. Y, quizá, la de todo un país que, a esas alturas, aún no habia visto a ninguno de sus ciclistas subir a lo más alto del podium del Giro de Italia.

Marino Lejarreta cuenta en su autobiografía que sintió, durante aquel día, en varios momentos, el deseo de bajarse de la bicicleta. «Tuvo que convencerse a sí mismo de que la vida no acababa en La Marmolada». Lo consiguió. Marino Lejarreta es eterno en la memoria de muchos aficionados que empezaban a amar el ciclismo cuando él peleaba el Giro frente a toda Italia al otro lado del transistor. Marino es y será, siempre, mucho más que aquel día en la Marmolada.

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